Madrugadas

“Pero ese futuro, que yo deseaba tanto como temía, es este presente del que ahora todo aquello me vuelve sin que pueda controlarlo, en sueños, o de manera consciente, como una marea empeñada en dejar a mis pies unos cuantos recuerdos desordenados.”

Elvira Lindo (“Lo que me queda por vivir”)

Es una lástima que me venga la inspiración a altas horas de la madrugada. Madrugada en la que acostumbrábamos a comernos a besos y asfixiarnos a abrazos. Pero eso es otra historia.

Las  2 y media marca el reloj de mi mesilla, aunque supongo que serán sobre y cuarto. Tengo la tonta manía de adelantar los relojes. Con el fin de no llegar tarde supongo, pero todos sabemos que miro la hora y automáticamente resto los minutos de más. Igual que automáticamente me acuerdo de ti preguntándome el por qué de esa manía y de tantas otras. Pero eso es otra historia.

Repaso mentalmente mi día, y ya lo siento, pero mis pensamientos fluyen corriendo a mis dedos, que se apresuran a escribir. Escribir que hoy te vi, y que no importa el resto del día, porque repito, hoy te vi. Y ya nada tiene sentido, que más da si me dieron un dos en un examen, o si encontré el trabajo de mi vida, Hoy te vi. Y ésta, está si es la historia.

Como cada anochecer, me puse unas mallas, una camiseta cutre y una sudadera ancha. Cogí mis cascos, el móvil y un par de chicles. Tengo la costumbre de salir a andar cuando el sol desaparece, quizá porque que de noche todos los gatos son pardos,  y no importa que lleves un careto de espanto y unas pintas terribles, que al fin y al cabo, es de noche y todo vale.

Me gusta andar mientras hablo por whatsapp, conversaciones con amigas preguntándonos como nos ha ido el día y conversaciones con amigos y no tan amigos. Ya sabéis a que me refiero. No tengo una ruta fija, voy tomando calles y avenidas sin ningún orden, según me va apeteciendo.  Hoy hacía bastante frío, y la verdad,  aun no entiendo por qué decidí abandonar mi humilde madriguera. Con lo bien que hubiera estado quietecita en casa. Pero a lo hecho pecho. Y tampoco entiendo por qué tengo canciones de Pablo Alborán y semejantes en mi móvil. Os juro que no lo entiendo. Supongo que será por mi instinto suicida este que aparece a veces. Supongo que tienen que estar ahí para que un día las escuche y no sienta nada. Que ni me vaya ni me venga los amores y desamores. El caso es que hoy estaba bien, ni rastro de ese “instinto suicida”. Caminaba con temas de esos que no tienen letra y como dice mi madre, solo hacen ruido. Aunque la música estaba de fondo, en primer lugar, en primer plano, estaban mis pensamientos y yo. O yo y mis pensamientos. El burro delante para que no se espante. Que mira que soy burra. Que me empeño en pensar  lo que no debo. Que ya está todo eso más que masticado. Que ya no me quedan ni segundos ni centésimas de segundos por analizar. Menos mal que empezó a chispear, y creo que la lluvia lavo mi cerebro y me hizo reaccionar: vete a casa.

Pues bien, giré la calle, comencé a subir la cuesta y si forzaba un poco la vista ya casi veía mi ducha de agua caliente y mi pijama limpio recién sacado del armario.  No debí forzar la. No debí si quiera levantar la mirada del suelo. Pero lo hice, y me giré a un insistente chisteo. No reconocí el coche, pero si quien iba en su interior. Tú. Tú y tú y tú y solamente tú…veis como Pablo Alborán hace mucho daño? De pronto se me olvidó la dirección de mi casa, de dónde venía o adónde iba, tenía flanes por piernas y Parkinson en las manos. De pronto ceso la lluvia y se paró el tráfico. Creo que hasta el tiempo dejo de correr.

–        ¿Te llevo?

–        No gracias, prefiero seguir con mi paseo. Hasta luego.

Esa tenía que haber sido la respuesta lógica. La acertada. La buena respuesta. Esa que luego piensas y dices: mierda, tenía que haber contestado eso. Pero todos sabemos que en ese momento mi cerebro estaba apagado y fuera de cobertura. Tierra llamando a ese cerebro desconectado. Pero nada, como una idiota yo ya estaba levitando por encima del suelo. Y así como levitando, como inconsciente, me acerqué a tú coche. Pero quién me mandaría a mi salir de casa!!! Y no solo me acerqué, a los dos segundos estaba allí sentada de copiloto.

–        ¿A dónde te llevo?

–        (A las estrellas por favor. Llévame a donde sea y hagamos el amor hasta quedarnos sin fuerzas. Qué guapo estás. Te sienta bien el paso del tiempo. ¿Sabes que me acuerdo de ti todos los días? ¿Sabes que desde que nos dejamos no he podido estar con nadie? No me mires así o tendré que besarte.) – A mi casa, llévame a mi casa.

–        Qué guapa estás. Has adelgazado.

–        (No mientas. No intentes tirarme los trastos. Porque se ve de lejos que tanto chocolate está pasando factura. ) – ¿Si? ¿Tu crees? Gracias. Venga anda, gracias por traerme. (Ni se te ocurra acercarte más. Dime un hasta luego, me bajaré del coche y haremos como que este fortuito encuentro no ha tenido lugar. Te estoy diciendo que no me roces. Quita tu mano de mi pierna por favor. Empiezo a no responder de mi. ¿cómo se abría la puerta de un coche? ¿y andar? ¿cómo se andaba? Venga, tú puedes. Después de un pie, el otro y así todo el rato. Son solo unos pasos hasta casa. Y dale, que no me mires.) 

–        Oye, ¿Qué tal tu familia? 

–        (¿mi familia? Si nunca te cayeron bien, no finjas que te importa.) Bien, todos  bien. Como siempre. ¿la tuya? (¿Pero qué narices haces siguiendo la conversación? Vete ya)

–        Muy bien. Mi hermano a veces pregunta por ti.

–        ( ¿Ah si? Me encantaría saber que le respondes. Algo así como pues la verdad es que  ni idea, no se que será de su vida y tampoco me importa. Paso totalmente de escribirla. Estoy tan bien sin ella… Pensé que conocería el sentimiento ese de echar de menos, pero no, creo q eso no va conmigo. Así que no puedo contestarte hermano, no se nada de su nueva vida. Y de verdad que tampoco me importa.) Me alegro. Dale recuerdos. Bueno, dos besos que me voy.

–        ¿Dos besos? ¿ No pretenderás que nos demos dos besos como dos simples conocidos?

Untitled

Y no quiero seguir recordando la situación.  Porque a partir de ahí, conversación hubo poca y acción mucha. Que vuelves a mí como vuelve el asesino al lugar del crimen. Que vuelves a mi como el turrón a casa por Navidad. Y yo no quiero ser ni tu casa ni tu crimen. Que ya lo fui. Que todo eso es pasado.

Y sencillamente creo, que fuimos la pareja perfecta en el momento menos indicado.

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2 pensamientos en “Madrugadas

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